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«Recuerdos cautivos»
Volver a la escuela no estaba exento de emoción, pero tampoco de miedo.

01/09/2022
Alfredo Aranda Platero, Vicepresidente PIDE.

Los recuerdos de la infancia cautivos de una memoria caprichosa afloran intensos y entusiastas, coincidiendo con el periodo estival, y te transportan a los días de libertad, de juegos y descubrimientos.

Largos días de verano donde los chavales conquistábamos las calles hasta que la noche se hacía presente y la luz tenue de las farolas rescataba de la oscuridad apenas un palmo de terreno a cada trecho. Las lagartijas salían, en su amanecer nocturno, atraídas por los insectos que acudían a la luz de las bombillas del alumbrado municipal, y desde su posición de privilegio, adheridas a la blancura encalada y nítida de las paredes de las casas, se daban un festín con movimientos rápidos de su lengua atrapadora para volver otra vez a la quietud paciente del cazador. Ante cualquier peligro, particularmente el de las largas cañas con las que los niños intentábamos alcanzarlas, se escabullían ágiles hacia la protección del alero de los tejados. 

Las familias tomaban el fresco nocturno en las puertas de las casas y los vecinos interactuaban intercambiando pareceres sobre acontecimientos del pueblo o sobre algún suceso de alcance escuchado en la radio. Mientras tanto, los niños apurábamos los últimos momentos de juegos callejeros antes de ser llamados para caer rendidos en los brazos de Morfeo y recuperar fuerzas para las aventuras del día siguiente. La vida estaba dotada de sencillez y lentitud. 

El mundo era nuevo cada día, como si la creación empezara con cada amanecer. Ni pasado, ni futuro, la niñez era un presente perpetuo y los veranos, que traían el premio de las eternas vacaciones escolares –ingenua percepción infantil–, su más ansiado refugio.

No es nostalgia lo que siento de aquel entonces, o tal vez lo sea; pero lo que sí tengo claro es que cuando rememoro los días pasados, me inunda una paz interior que me reconcilia con el adulto que ahora soy. Todos los años acumulados, todas las experiencias vividas y otras tantas perdidas, forman o deforman, según el caso, la persona en la que me he convertido sin apenas darme cuenta. 

Recuerdo con cariño aquellos tebeos prodigiosos de Francisco Ibáñez que te hacían reír a mandíbula batiente o los cómics del Capitán Trueno o aquellos otros de Marvel, que te transportaban a un mundo de superhéroes que eran fuente inagotable de fabulaciones infantiles. Lecturas que dieron paso, a medida que los años te iban distanciando de la infancia, a otras publicaciones menos infantiles, pero igualmente generadoras de sueños y fantasías. Sin olvidar aquellas revistas subidas de tono, solo de lectura visual, hurtadas a algún hermano mayor cuyo robo no se atrevía a denunciar y que te abrían las puertas de un mundo hasta entonces desconocido.

Todas esas cosas, y muchas más, pasaban en verano. Después, con la llegada del mes de septiembre, el otoño empezaba a anunciar su cercana vuelta y con él se avecinaba el inicio de un nuevo y amenazador curso escolar que te llenaba de incertidumbre, sobre todo si estabas ya en la última etapa de la EGB. No sabías si los maestros seguirían siendo los mismos, y de ser los mismos si continuarían siendo iguales, porque había maestros comprensivos y amables; pero otros, sin embargo, utilizaban la bofetada o la palmeta como argumentos pedagógicos heredados del aciago nacionalcatolicismo que aún persistía durante el tardofranquismo y que se fue diluyendo, poco a poco, con el fallecimiento del dictador. Volver a la escuela no estaba exento de emoción, pero tampoco de miedo. Lo mejor, no obstante, es que siempre quedaba el cobijo, la guarida de tu casa, la familia acogedora que te protegía de todos los males.

Septiembre tenía su propio olor: el de los libros nuevos, que mi memoria recordará siempre, el de los lápices de grafito, los bolígrafos bic, las gomas de borrar Milán, los rotuladores Carioca, los estuches de lápices de colores Alpino…, y la cartera donde se guardaba todo ese tesoro. Recuerdo también los viajes a la librería de al lado mi casa para ir haciendo acopio del material que nunca estaba todo al mismo tiempo. De esos viajes, ya derrotada la tarde, tengo grabado con gran intensidad el color con el que el cercano otoño teñía las calles, entre amarillo degradado y rojo desteñido que se transmutaba en un naranja melancólico, como de sol que se apaga, que anunciaba la inminencia de la noche. 

Cuando el perfil de la tarde disolvía sus contornos y la noche cautelosa se infiltraba con su cadencia inapelable por las calles, plazas y avenidas, el crepúsculo daba paso a la noche rotunda. Antes, el final del día y el inicio de la noche se encontraban en un periodo de claridad en decadencia, de luz que agonizaba; en ese preciso instante se encendían las luces de los escaparates de las tiendas de la calle donde vivía, lo que confería un ambiente como de un país idílico, un color que nunca he vuelto a ver y que solo permanecerá confinado en mi memoria.

Tuve una infancia feliz. La adolescencia ya fue otra cosa, porque la pubertad transita entre luces y sombras, donde la vorágine de los cambios físicos y psicológicos –la química de la pubertad– te puede llevar por caminos difíciles. La maduración corporal y sexual adquiere velocidad de crucero y las relaciones sociales, las conductas, los pensamientos están mediatizados por todo ese cambio. Pero eso ya lo recordaré otro día.

elPeriódicoExtremadura