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«Combatiendo
el fracaso social desde la escuela»


23/02/2005
Francisco
Javier Pérez García
Delegado del Sindicato PIDE

De
pocos meses a esta parte, en el seno de la comunidad educativa
española se viene suscitando un debate que se pretende
sea definitivo para establecer un sistema estable y competente
para la educación de nuestros niños y nuestros
jóvenes. Por el momento, dicho debate no gana porcentaje
en los índices de preocupación de la opinión
pública respecto de otros temas como el referéndum
sobre la aceptación o no de la Carta Magna de la Nueva
Europa o las ventajas e inconvenientes de la implantación
de un carnet de conducir por puntos o sobre la indignación
de la Iglesia Católica en cuanto a la denominación
de matrimonio para la unión civil entre homosexuales
(por no traer hasta estas páginas, por indignos, numerosos
menesteres por los que sí se preocupa a diario la mayor
parte de nuestros conciudadanos). Mas, sí que es verdad
que un sector de la sociedad y de la comunidad educativa española
y, por supuesto, de la comunidad educativa y de la sociedad
extremeña, debaten ya, aunque hasta el momento con cierta
parsimonia, las causas y las plausibles soluciones del, a mi
juicio, injustificadamente denominado fracaso escolar. Por definición
simple el fracaso escolar se produce cuando un alumno concluye
una determinada etapa en la escuela con calificaciones no satisfactorias,
lo que se traduce en la no culminación de la etapa obligatoria
(ESO).


En la mayoría de los países existe un creciente
interés y una palmaria preocupación por este asunto,
problema determinado, sin lugar a dudas, por una amalgama de
factores y elementos como: el contexto social (al que pertenecemos
padres, profesores y representantes públicos, estos últimos
garantes en primera instancia y responsables del funcionamiento
del propio sistema); la familia o el entorno familiar del alumno;
el funcionamiento de la propia estructura educativa; la actitud
y aptitud de los administradores para arbitrar en la resolución
de conflictos; el trabajo diario de cada profesor y, cómo
no; la disposición del alumno para aprender y aprehender
la realidad. A menudo se afirma que éste, el alumno,
es una víctima del desplome de la estructura social y
de la desaparición de los, añorados por algunos,
valores de toda la vida, y que ello conlleva desequilibrios
aparentemente insalvables para un sistema que no sólo
no logra garantizar que el 100% de sus alumnos consiga los objetivos
de la ESO, sino que ni tan siquiera puede ofrecer a la sociedad
la desaparición del absentismo escolar. Los datos a la
hora de clarificar ciertas afirmaciones y justificar la evidente
insatisfacción en los diversos sectores educativos y
sociales son argumentalmente demoledores. Según estudio
realizado por el que fuera uno de los padre de la LOGSE, Álvaro
Marchesi, el 26% de los alumnos españoles no acaba la
enseñanza obligatoria y frente a Asturias que presenta
un 14% de fracaso se sitúa Extremadura con un 33%. Pero
más allá del ámbito territorial nacional
deberíamos observar la realidad de los países
de nuestro entorno inmediato pertenecientes a la Organización
para la Cooperación y el Desarrollo Económico
(OCDE), entorno en el que el fracaso escolar desciende hasta
un 20% de media y que cuenta con un modelo digno de ser imitado
como el modelo educativo finlandés. Como diría
un castizo ante la lectura de estas variables, que cada administración
–regional y nacional– aguante su palo.


El de las inversiones sería también un capítulo
interesante para el análisis, y si bien es cierto que
una comunidad autónoma como el País Vasco obtiene
los mejores resultados con la mayor inversión (parece
ser que a mayor inversión optimización de medios),
no lo es menos que Extremadura se coloca en índices de
fracaso, con una inversión cercana a la media nacional,
en un lugar nada deseable con arreglo al que según nuestra
realidad inversora nos correspondería. Dice Marchesi
que el fracaso escolar no se explica sólo por el gasto
público, también influye el nivel cultural de
las familias. A pesar de ello, no puedo evitar que a mi cabeza
acudan preguntas como llovidas del cielo, y sus respuestas evidentemente
también.


Pero dejemos a un lado los datos, porque si bien sirven para
tomar conciencia de una realidad tozuda, siempre se nos muestran
en gran medida distantes y fríos. Como bien digo, estaríamos
obligados, para saber cómo actuar ante el problema, no
sólo a hablar de fracaso escolar sino más bien
de fracaso familiar y de fracaso social. La escuela es el reflejo
inmediato de la familia y el entorno familiar es el referente
directo de la sociedad. Estos son los parámetros que
debemos tener presentes para superar las deficiencias educativas
que presentan al día de hoy nuestros escolares (véanse
los informes de la evaluación externa de los centros
extremeños realizada por el Instituto IDEA o las conclusiones
del Informe PISA 2003, a sabiendas de que por su naturaleza
se basan en datos e ignoran los procesos).


Implicación de los padres y las madres en la responsabilidad
que supone educar a sus hijos e inversiones suficientes y equilibradas
que incidan de forma nítida en la mejora de los motores
de la educación, son en mi opinión pilares, al
margen de leyes, estatutos, pactos, etcétera –pertinentes,
en su mesura–, que garantizarían una mejora paulatina
pero sustancial en los resultados obtenidos por nuestros alumnos
en lo que a su formación integral (intelectual y personal)
se refiere.


Debemos decirlo claro y de forma rotunda: la piedra angular
del mejor sistema educativo es el profesor, el maestro, y éste
debe tener una excelente formación facilitada por las
administraciones autónoma y estatal, así como
motivación y prestigio social para impartir con garantía
de éxito los conocimientos entre sus alumnos (aspecto
de todo punto incompatible con el elevado porcentaje de precariedad
en el empleo que recae sobre los profesores interinos de toda
España o con las desigualdades retributivas del profesorado
extremeño con respecto al de otras comunidades autónomas
de nuestro país). Así pues se debe prestar exquisita
atención a otras líneas de actuación preferentes
como potenciadoras educativas que son y, por tanto, incidir
de este modo en conseguir una formación de calidad; en
proporcionar los medios adecuados; en aumentar la calidad y
la cantidad del tiempo de lectura de nuestros alumnos, en que
descienda en la misma o mayor proporción su dedicación
a la televisión y a los videojuegos; en fomentar la solidaridad
frente a la competitividad; en equiparar por el camino de la
igualdad a todos los centros mantenidos total o parcialmente
por las Administraciones Públicas; en promover como factor
imprescindible la labor social en los centros educativos y en
los ámbitos familiares, etcétera.


Para concluir, convengan conmigo que la solución ante
el, a mi juicio, injustificadamente denominado fracaso escolar,
es compleja y en nada fácil, pero posible. Dicha solución
ha de venir amparada por la voluntad común y cimentarse
en tres valores fundamentales que nos permitirán combatir
desde la escuela el fracaso social. Dichos valores son: el valor
del papel de la Administración, el valor del apoyo y
la responsabilidad familiar sobre el interés y el esfuerzo
del alumno y el valor de los profesores y de la escuela como
lugar privilegiado para el aprendizaje y la convivencia.