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«La
era del vacío y la tribu entera
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26/11/2007
Carlos Javier Rodríguez Oliva, profesor de E. Secundaria.
Delegado de PIDE

La
era del vacío y la tribu entera*
(A todos los padres)
Hace un par de décadas, más o menos, empezó
la moda entre los padres de sobreproteger a sus hijos. Se decía
que los castigos y las riñas podrían traumatizarles.
Era nuestra herencia y recuerdo y no queríamos que ello
pudiera influir en su educación. Se decía que
ya tendrían tiempo de espabilar y sufrir los embates
de la vida cuando fueran mayores. Empezamos entonces a dejar
en los tinteros de nuestros pupitres una retahíla de
normas y reglas, edificantes en su esencia misma, y las fuimos
poco a poco olvidando.
Estábamos acostumbrados, porque así lo vivieron
nuestros padres y nosotros también, a que el ámbito
natural de la educación básica de los niños
era la familia. Era en este entorno donde se aprendían
los preceptos y pautas para poder vivir y relacionarnos con
los demás. Nuestros padres y abuelos nos enseñaron
que por encima de todo estaba la educación basada en
la autoridad y el respeto. De ahí partía la entereza
y la dignidad de las personas. Esa era su palabra .
Los tiempos han cambiado desde entonces. Y cómo, queridos
padres.
Se acabaron los castigos y las reprimendas, y los niños
lo notaron. Se volvieron insolentes y respondones.
Crecieron y empezaron a considerar a sus maestros o bien colegas
y cómplices o bien seres destinados a sufrir burlas y
desaires. Hemos cambiado más en dos décadas que
en un siglo entero.
Asistimos, según el insigne psiquiatra Enrique Rojas,
al desgaste de los materiales sólidos con los que se
construían las ideas y las creencias que daban firmeza,
plenitud y felicidad a la vida.
Se ha producido una especie de deterioro, un vacío semántico
de las palabras que representaban conceptos
primordiales como amor y libertad, educación y cultura.
Valores, si se quiere llamarlo así.
A ello se une, actualmente, un cierto aturdimiento de información
abundante y dispersión de datos que
proceden de una información que más bien desinforma,
y que ni mejora ni enriquece a nuestros hijos porque
no les ayuda a madurar. Hija del aturdimiento en que vivimos
es la desorientación moral (la moral es el arte
de vivir con dignidad) y el relativismo con que damos forma
a nuestro pensamiento.
Nosotros, ustedes, padres todos, llevamos sumidos en una tremenda
desorientación (alguien ha hablado de
desorganización organizada) que nos tiene sin brújula
fija. Necesitamos ideas claras sobre lo que es la vida y
sobre uno mismo. Nuestros hijos necesitan modelos de identidad
fuertes-no becerros de oro- que enseñen las claves para
vivir.


Educar, enseñar es seducir por encantamiento, descubrirle
a alguien nuevos senderos, alumbrar el túnel que
nos lleve a los valores que tanto hoy los padres echan en falta.
Estamos deseosos de reglas justas y
equilibradas. El deber está edulcorado y anémico
frente a tantos derechos. Es penoso pensar que las lecciones
actuales de moral que nos dan beben exclusivamente en el “vivir
mejor”. Nos hemos instalado en un neo-individualismo hedonista
y ordenado, sensatamente light, diríamos. Vivimos en
la indiferencia pura, todo nos da igual y nos olvidamos del
otro yo, el yo social, porque no vemos un palmo más allá
de nuestro ego.
Todos sabemos, y muchos padres también, que la situación
en la escuela es un fiel reflejo de la situación que
impera fuera de ella. Estamos inmersos en una incuestionable
crisis de autoridad y de falta de ilusión que es
fruto del abuso de autoridad que hace muchos años se
instaló entre nosotros. Y hete aquí que hemos
pasado de una orilla a otra, sin fiel que equilibre nuestra
balanza.

Tenemos
que volver a la coherencia, al sentido común que tantas
veces nos falta, a la ilusión por recuperar los valores
añejos, principalmente la disciplina y la autoridad.
Y tenemos que seguir luchando como titanes, con los ojos abiertos
de par en par y así poder desterrar el síndrome
del cíclope (expresión acuñada hace poco
por el sociólogo extremeño Santiago Cambero) que
nos ciega y nos impide ver adecuadamente y analizar los peligros
que acechan a nuestros hijos.
Hay informes y encuestas que hablan de la necesidad de una autoridad
justa -ni excesiva ni ausente- mediante la cual restablecer
las viejas relaciones de una buena convivencia basada en el
respeto mutuo. Añejo pero útil, ya ven.
Antes hablábamos de tinteros sin tinta, de educación
sin valores, de padres desnortados… Que nada se nos
pierda en este caminar de todos juntos, que la educación
se asemeje a aquella urna (Oda a una urna griega)
que cantara John Keats:

Cuando
a nuestra generación destruya el tiempo
tú permanecerás , entre penas distintas
de las nuestras, amiga de los hombres, diciendo:
“La belleza es verdad y la verdad es belleza”.

Estamos
convencidos de que ustedes y sus hijos reclaman un profesorado
con autoridad, respetado y
respaldado por toda la comunidad educativa. Sólo queremos,
y para eso les necesitamos a todos ustedes, ahora y siempre,
otorgar a la disciplina en el aula el valor instrumental que
le corresponde. Estarán conmigo en la feliz afirmación
de que la educación, como el añoso tintero y la
preciosa urna, es el procedimiento más noble y eficaz
para mejorar este mundo.


* Aludimos al ensayo La era del vacío, del sociólogo
francés Gilles Lipovetsky y a la frase del filósofo
J. A. Marina “Para educar a un niño hace falta
la tribu entera”.

Diarioliberal