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Opinión
del HOY

"Pruebas LOMCE o los “distractores” de la educación"

27/05/2017 Jose Antonio Molero Cañamero
Delegado del Sindicato PIDE

El tiempo es oro. ¿Qué duda cabe? Pero cuando se trata del tiempo de nuestros estudiantes sometidos a la presión académica, cuando están cerca los exámenes finales, cuando se están jugando su futuro… ese tiempo que se dedica a otras cosas puede llegar a provocar grandes estragos.

Siempre hablamos de los “distractores” internos (aquellos que dependen del individuo: el sueño, el hambre, los problemas familiares, los conflictos personales…) y de los externos (las redes sociales, los móviles, el ambiente de trabajo, el entorno…). También hablamos de las causas que los provocan. Sin embargo, en pocas ocasiones nos paramos a pensar en las distracciones que nosotros, como docentes, que la administración y, en general, que el sistema educativo podemos llegar a crear. Nos hemos convertido en un causante más de la distracción que sufren nuestros alumnos.
De todos es sabida la necesidad de la evaluación, sin duda alguna es uno de los pilares de la educación. Desde el momento en que esto es así es absolutamente imprescindible que se haga de una manera rigurosa, precisa y ajustada a la realidad, pero sobre todo, siempre y cuando sea necesaria.

En estos momentos estamos sufriendo la obsesión de la LOMCE y de su parisino artífice por evaluar. Tenemos evaluaciones para todos los gustos, para alumnos de tercero de primaria, para alumnos de sexto de primaria, para los de cuarto de la ESO, para bachillerato, en fin… un amplio espectro evaluativo que hasta nuestros alumnos, con tanto chequeo, se han convertido en auténticos profesionales de la evaluación, como si no tuvieran bastante con los que hacen a lo largo de todo el curso.  Esto me lleva a pensar para qué sirven unos u otros. ¿Estamos duplicando el proceso evaluativo? Porque, de hecho, todos los docentes evalúan a sus alumnos trimestral y anualmente.  ¿No basta con esto?

Mucho se ha hablado ya de los propósitos de estas evaluaciones. Para algunos, pruebas esenciales en el proceso educativo; para otros, oscuras herramientas de calificación. Pero lo que están demostrando una y otra vez es que son un auténtico estorbo en el día a día de las aulas.

Raro es el año en el que no vemos algún escándalo en torno a estas pruebas. Creo recordar desde filtraciones de exámenes, hasta el uso de exámenes sin licencia del autor e incluso el plagio de alguno de ellos. Pero este aspecto, al fin y al cabo, solo denota la calidad y el sentido de estos controles.

Esta situación se complica aún más cuando los resultados tocan el prestigio de los centros. ¡Aquí es donde duele! Todos queremos que nuestros hijos estudien en los mejores centros, y ahora con la abundante oferta en nuestras ciudades, las empresas que se dedican a la educación a través de conciertos con las administraciones es donde se la juegan. ¿Y qué hacer para quedar bien en las pruebas? Practicar, practicar y volver a practicar… hasta que los estudiantes sean expertos en exámenes, aunque esto conlleve grandes lagunas curriculares. Se abusa del tiempo dedicado a la preparación de estas pruebas, solo con el objetivo de que el centro quede entre los mejores.

Muchos se escudan en la necesidad de participar en el famoso informe PISA. Recordemos que este informe lo elabora, aunque auspiciado por la OCDE, un holding de empresas que evalúa a quienes los contratan. De algún modo esto me recuerda a las agencias de calificación bancaria como Standard & Poor’s que puntuaban de forma negativa a los países que no contrataban sus servicios.

Sea como fuere, en estos días en que nos encontramos en medio de las pruebas de primaria, secundaria y bachillerato me surgen algunas preguntas sobre su finalidad: ¿Son para el alumnado en general? ¿Son para los alumnos en particular? ¿Son para los centros? ¿O simplemente meros “distractores”?

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